jueves, 25 de enero de 2007

¿Por qué contar con un cine nacional?


En momentos en los que el cine nacional lleva una lucha desesperada por reclamar sus derechos, acá un ensayo que intenta explicar porque no nos podemos dar el lujo de despreciar la oportunidad de contar con un cine propio.

En Chile, se dio hace poco una ley que como objetivo el desarrollo, fomento, difusión, protección y preservación de la industria audiovisual y las obras existentes. Esta ley, sumada a las que ya existen en Argentina, Brasil y en otros países de América Latina, es una manera de hacernos ver la importancia que tiene para estos países el contar con una cinematografía propia, y de allí su protección.
En contraste, en el Perú, luego de que el ex ministro Boloña, en el segundo gobierno de Fujimori, derogara la ley 19327, no contamos con ninguna norma que proteja o fomente al cine nacional, ya que la actual, la 26370 ha demostrado ser casi inútil en la práctica, en vista que el Estado no cumplió con los compromisos que se autoimpuso, esto es, dotar de un fondo estatal que ayude a promocionar a los mejores proyectos de cortos y largometrajes, vía un concurso.
Por el contrario en países como Argentina, Brasil o yendo más lejos, Corea del Sur, que cuentan con una ley de cine, que exige a los exhibidores proyectar películas nacionales, ahora poseen una industria de cine que ha crecido mucho y está en vías de convertirse en un negocio muy rentable. Además el nivel artístico alcanzado por muchas de estas cintas, ha llamado la atención del mundo, al grado que tienen un lugar asegurado en los principales festivales de cine internacionales.
Pero ¿por qué hacerse tanto problema por una actividad que en todo este tiempo no ha podido constituirse en una industria rentable? ¿Por qué apoyar a unos señores que aparentemente no han logrado hacer nada interesante hasta hoy?
La respuesta se ha dado muchas veces ya: el cine no es mero medio de entretenimiento o evasión, el cine es además -y aunque muchos aún no lo tengan claro-, un medio de formación, por medio del cual se transmiten valores, hábitos y actitudes, etc. que de estar mal planteados, pueden ocasionar efectos perniciosos en los espectadores.
Sobre esta cualidad (o peligro), del cine se han escrito numerosos trabajos (al respecto se puede ver una interesante recopilación en “El Cine como medio de Comunicación y la Responsabilidad Social del Cineasta” ponencia de Alejandro Pardo del libro recopilatorio “La Ética Desprotegida”, 2004), por lo que creemos que ya está suficientemente demostrada y no vamos a incidir en ella.
ESPEJO DE LA REALIDAD
Justamente uno de los peligros de ser un medio de formación o deformación en este caso, es que los valores, hábitos y actitudes que se transmiten a través de las películas, son la mayoría de las veces ajenos a nuestra realidad, importados de otras realidades, lo cual puede llevar a causarnos daños que van desde la adopción de actitudes extrañas (¿cuántas modas nos ha impuesto el cine de Hollywood?) hasta la pérdida de nuestra identidad nacional.
El cine pues es un espejo de la realidad que lo rodea, y si los peruanos no contamos con un espejo en el cual mirarnos, pronto iremos olvidando lo que somos.
Claro, como algunos han mencionado (Ramos Salinas, 1997), existe el peligro de que ese espejo, refleje sólo una realidad parcial o sesgada; es justamente por eso, por lo que se hace importante la creación de una ley que garantice el acceso de la mayoría de interesados a la realización de películas y no solamente a una minoría reducida que imponga su visión.
Europa entendió muy bien el peligro de verse dominado por un solo tipo de cine, por eso en las últimas conversaciones antes de formar la Organización Mundial de Comercio, exigió al cine un trato de producto cultural –la llamada “excepción cultural”-, en lugar del de mero producto industrial que exigía Hollywood.
Ahora que estamos ad portas de firmar un tratado comercial con los Estados Unidos, sería muy importante que los señores negociadores, tengan en cuenta este detalle y no nos dejen desamparados, frente a lo que se conoce ya como la “colonización cultural norteamericana.”
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