jueves, 15 de febrero de 2018

Microcosmos white trash

El Proyecto Florida
Sean Baker es un cineasta que deslumbró a medio mundo hace unos años al grabar una película íntegramente con un Iphone 6s (Tangerine, 2016), y ahora regresa una película con tema diferente, pero que comparte gran parte del estilo visual de su ópera prima.
El Proyecto Florida se instala en el microcosmos de los moteles cercanos a los parques temáticos de Disney, en Orlando, Florida. Acá llegan turistas no muy adinerados, pero también viven personas de muy bajos recursos que no tienen para alquilar un departamento.
En este submundo conocemos a Moon y sus amigos, todos provenientes de hogares disfuncionales o monoparentales, que pasan sus vacaciones de verano haciendo travesuras, pero sin supervisión adulta, y ya se sabe los problemas que pueden traer estas acciones.
Baker utiliza al principio un estilo documental, con planos generales, lejanos para contarnos la historia de estos niños semiabandonados en un entorno de colores chillones, atractivo en la superficie, pero que por dentro parece estar totalmente podrido.
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A medida que las cosas se complican, el lenguaje audiovisual cambia paulatinamente, insertando más movimientos de cámara, más encuadres cercanos, y más ángulos de cámara, algunos de ellos aberrantes.
Baker no juzga, ni condena a sus personajes, solo nos los muestra cómo se comportan en su hábitat, una sociedad descompuesta, donde vive lo que algunos gringos llaman la White Trash: personajes desvalidos, abandonados a su suerte y que cada día tienen que inventarse cientos de formas para sobrevivir.
Baker ha hecho un trabajo digno de reconocimiento, empezando por la buena elección de actores, la niña Broklynn Prince es un gran hallazgo, porque siempre luce natural, espontánea hasta en el exigente clímax. Igualmente destacable está la debutante Bria Vinaite, quien compone con convicción un personaje viviendo siempre al filo de la navaja. Y claro, está Willem Dafoe, veterano actor que no necesita mayor presentación, y que acá se luce en el rol del sufrido conserje Bobby, una especie de ángel guardián decadente, de este seudo paraíso. Es particularmente genial la escena en la que se enfrenta a un hombre mayor, quien conversa sospechosamente con los niños.
Hacia el final Baker nos sorprende una vez más tomándose una licencia: el director se hace uno con el personaje de Moon, se adueña de su mirada y abandona todo el realismo y estilo cuasidocumental que había usado hasta ese momento y pasa abruptamente al fantástico, logrando así uno de los finales más conmovedores de los últimos tiempos.
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