Marty Supremo
Josh Safdie es el mayor de los hermanos Safdie, de quienes hemos visto anteriormente trabajos interesantes como Good Time y Uncut Gems. El año pasado anunciaron que empezarían a trabajar por separado y Marty Supreme es el primer título que dirige Josh.
La película está basada libremente en el estafador Marty Reisman, un campeón de tenis de mesa norteamericano conocido más por sus apuestas y engaños. Aunque no aparezcan en pantalla fechas exactas, se puede decir que la película se ambienta entre 1949 y 1953.
Contribuye a la desorientación temporal el hecho de que Safdie haya decidido a usar arbitrariamente canciones de los 80 como parte de la banda sonora (Tears for Fears, The Korgis, Alphaville, Peter Gabriel, etc,) en lugar de temas de los 50, renunciando a la función ambientadora que suelen tener los soundtracks.
La historia sigue a Marty Mauser, un engreído, irreverente, megalómano y ambicioso jugador de tenis de mesa, que trabaja en una tienda de zapatos para tener algo de dinero y participar en el campeonato abierto de ese deporte en Londres.
La película tiene tres partes bien marcadas: en la primer vemos que a pesar de las no pocas dificultades Marty logra viajar y participar en el campeonato, quedando en segundo lugar, siendo derrotado por un relativamente desconocido japonés.
Cuando parece que estamos frente a la típica película de estrellas deportivas que logran el triunfo venciendo todas las adversidades, pasamos violentamente a la segunda parte, que es casi otra película. Esta se desarrolla toda en los bajos fondos de Nueva York, concretamente en el Lower East Side, donde Marty vive, se mete en un problema tras otro y está a punto de morir o ir a la cárcel en más de una situación.
Es aquí donde conocemos al personaje de Marty en toda su dimensión y se hace más repelente que nunca, algo parecido al Howard Ratner que interpretaba Adam Sandler en Uncut Gems (Diamantes en Bruto), el anterior film del director. Cada decisión que toma Mauser lo mete en un problema peor y cuando pensamos que ya no puede caer más bajo, pues no, siempre encuentra el modo de ir más al fondo.
Esta segunda parte es la más extensa de la película (demasiado quizá), y el director hace todo lo posible para hacerla la más insoportable. Es el momento en el algunos espectadores eligen para abandonar la sala y otros para taparse los ojos.
Josh Safdie filma esta escena de manera similar a como lo hacía en Uncut Gems: cámara en mano (o steady cam), movimientos rápidos, montaje acelerado, y abundancia de primeros planos o planos cortos, dándole una especie de terapia de inmersión al espectador.
Y así llegamos a la tercera parte: la de la redención en la que el protagonista por fin logra tener una segunda oportunidad, pero claro, después de todo lo visto, las dificultades continúan y no se puede decir que se trata de alguien que logra cumplir sus sueños.
Aunque estamos seguros que el director no lo planeó así, la película se hace todavía más insoportable por el deficiente doblaje al que ha sido sometida. Un doblaje que no solo emplea al mismo puñado de actores que oímos por acá en todas las películas hollywoodenses (oir a Timothée Chalamet hablar con la misma voz de Leonardo di Caprio de Una batalla tras otra, ya cansa), sino que no cuida las pronunciaciones y no se asegura de neutralizar los acentos regionales.
En una película que se construye a base de diálogos, es un muy mala decisión no proyectarla en su lenguaje original. Ahora mismo no se podría afirmar que Chalamet merece esta candidatura al Oscar porque la voz que le han puesto suena muy artificial y limita notablemente su registro. Antes las nominadas al Oscar se estrenaban en su versión original, qué lástima que también se esté perdiendo esa buena costumbre.
En suma no es un mal trabajo, pero tampoco es la obra maestra que parecen indicar sus nueve nominaciones al Oscar; quiza se lleve al menos un par. Veremos que que tal será el próximo trabajo de Safdie en solitario.
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