viernes, 18 de febrero de 2011

Encontrando la Voz de una Nación


Cuando vimos el cartel de esta película y nos enteramos que detrás de ella estaban los hermanos Weinstein, famosos por su ex productora Miramax, que metía en el mismo saco películas de calidad, y otras que no lo eran tanto pero que gustaban más a los miembros de la Academia de Hollywood, nos dio cierta desconfianza, pero no siempre se encuentra una dupla como la de Colin Firth y Geoffrey Rush en un film así es que nos aventuramos a verla.
Tras unos primeros minutos en los que se nos introduce al problema del entonces Príncipe Bertie (Colin Firth), que tiene una tartamudez que le impide dar discursos y unos médicos que no hacen mucho por corregirlo, pareciera que no vamos a ver nada nuevo y nos encontráramos ante otra película más de superación, pero entonces empiezan las sorpresas cuando aparece en escena el personaje de Lionel Logue (Geoffrey Rush), un terapista del lenguaje de "métodos poco ortodoxos", que dialoga inicialmente con Elizabeth, la esposa del príncipe, para ver si puede tratar a su marido.
Tras un encuentro infructuoso, el príncipe se convence que tal vez el tal Logue puede servirle de ayuda e inicia toda una serie de terapias físicas, algunas bastante complicadas, pero ya el terapista le ha dicho al noble, que el problema es más mental que físico, aunque éste se resista a aceptarlo.
Las cosas se complican cuando muere el rey Jorge V, y el nuevo rey Eduardo VII hermano de de Bertie, debe dimitir rápidamente porque prefiere casarse con la divorciada Wallis Simpson, y no le queda otra al príncipe que convertirse en el nuevo rey Jorge VII. Entonces la necesidad de hablar con corrección se convierte en asunto de estado, y debe llamar nuevamente a Logue a pesar de la oposición de muchos familiares y nobles en la corte.
Desde el primer encuentro entre Firth y Rush nos damos cuenta que no estamos ante un film cualquiera, ya que no sólo la química entre ambos actores es evidente, sino que ambos se han metido de lleno en sus personajes y los hacen más que convincentes. Firth compone no sólo a un rey con problemas de dicción y bastante mal humor, sino que guarda en su interior graves traumas adquiridos en sus años de niñez, que lo hacen un ser humano, que no despierta antipatía, sino compasión.
Logue, el personaje de Rush es al contrario, un tipo seguro de sí mismo y de sus conocimientos y experiencias, a pesar de no tener ningún título que lo avale. Pero, aunque a veces esa seguridad pueda ser confundida con arrogancia, es un tipo muy humano que le gusta ayudar a los demás y además sabe cómo hacerlo.
Cada momento en que se encuentran ambos, las cosas se ponen mejores ya que sus difíciles relaciones  (recelo primero, confianza después, ruptura y finalmente reconciliación) son mostradas con suma credibilidad, verdaderos duelos actorales, capaces de captar la atención del espectador más desinteresado.
Esto obviamente es mérito de los actores en los que recae el mayor peso de la película, pero también de un guión que está construido con precisión relojera para contar una historia con mucha eficacia, pero también con la emoción suficiente como para sensibilizar a los más fríos, la flema británica aquí, se va al tacho. Cuando nos enteramos luego que David Seidler el guionista, tuvo una historia parecida a la del rey, nos explicamos muchas cosas.
La reconstrucción de época es muy precisa, no sólo por los lugares públicos y las escenas en interiores, sino también por la recreación de los instrumentos electrónicos y radiales de la época. La música si bien mayormente está compuesta por piezas de Mozart, tiene también piezas originales creadas por Alexandre Desplat, las  cuales cumplen su función de dotar de emoción a muchas escenas, sobre todo en las cercanas al final. La dirección de fotografía es también digna de destacar, el encargado Danny Cohen coloca y mueve muy bien la cámara y logra composiciones bastante expresivas y originales. Pero la fotografía no hubiera sido bien aprovechada, de no ser por el montaje de Tariq Anwar que brinda un ritmo ágil al film, pero que sabe detenerse en los momentos íntimos y  logra sus mayores luces hacia el final.
No podemos dejar de hablar del director, Tom Hooper que si bien cuenta con un buen guión en el que sustentarse, ha tenido la habilidad de orquestar con maestría los distintos elementos del film, especialmente el reparto multiestelar (Helena Bonham-Carter, Guy Pearce, Timothy Spall, Michael Gambon), que a veces puede ser difícil de controlar.
Hooper también acierta en recrear las tensiones que se dan en las relaciones entre el rey y su amigo, o entre este último y los allegados al rey, pues no hace falta recurrir a un libro de historia para darnos cuenta que las relaciones entre nobles y plebeyos no eran tan sencillas en la Inglaterra de principios del siglo XX.
Donde se puede apreciar la mano del director está en la escena de la discusión entre Bertie y Logue, que ocurre cuando ambos caminan por una gran avenida de un Londres lleno de niebla, en los que cámara en mano combinado con steady cam y algunos cortes dotan el momento de gran tensión aprovechando al máximo la escasa luz y las sombras; y claro la escena clímax cercana al final, cuando vemos al ahora rey Jorge enfrentar su destino, y logra encontrar su voz (que en esas horas aciagas de la segunda guerra, se convierte en la voz de toda una Nación) donde el montaje paralelo bien ejecutado, hace imposible el dejar de prestarle atención.
Este es el tercer trabajo de Hooper (antes hizo Red Dust y luego The Damned United), con lo que parece que tendremos a un director interesante a seguir en los próximos años.
Finalmente sobre El Discurso del Rey, ¿está hecha al gusto de los miembros de la Academia? pues sí, ¿le gustará al gran público? es muy probable... Pero ¿eso la hace una mala película? Para nada. Al contrario, no está demás recordar que hubo un tiempo en que mucho del cine que se hacía era para tratar de agradar a la mayor cantidad de público, sin que eso signifique renunciar a la calidad.
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