jueves, 14 de febrero de 2008

CLÁSICO Y MODERNO



EL TREN A YUMA

La carrera de James Mangold, parece estar en franca recuperación: al interesante biopic sobre el cantante Johnny Cash Walk the line, que se llevó un Oscar a la mejor actriz, podemos agregarle ahora su primera incursión en el western; claro sino tomamos en cuenta Copland, aquel logrado film con Silvester Stallone y Harvey Keitel, que no era otra cosa que un film del oeste disfrazado de policial.
Esta vez se trata de un nueva versión de un clásico del oeste norteamericano de Delmer Danes protagonizado por Glenn Ford, que se basa en el cuento de Elmore Leonard, sobre un granjero venido a menos, quien para salvar sus tierras y recuperar el respeto de su familia, acepta formar parte del grupo que escoltará al temible criminal Ben Wade al tren que lo llevará a la horca.
Como buen cinéfilo, Mangold nos ofrece un aplicado ejercicio que respeta muchas de las convenciones del género, mostrando los grandes escenarios abiertos que son típicos de los western clásicos, aunque mejorados por una fotografía detallista, sincronizada perfectamente con un sonido limpio.
Un buen ejemplo de esto, es el asalto inicial a la diligencia, magistral secuencia que dura varios minutos y que es todo un ejemplo de virtuosismo al mostrarnos en gran detalle una dura batalla por capturar un botín.
Pero es en la dimensión humana de los personajes donde Mangold demuestra que más que un cinéfilo, es alguien con vocación de autor. Los personajes de esta nueva versión están mucho más redondeados que en el filme original, no estamos aquí ante el típico esquema maniqueo de muchos westerns: el héroe es un tipo que trata de cumplir las reglas, pero precisamente por ello está perdiendo sus tierras y lo que es peor el respeto de su familia y más que un tipo resuelto e idealista, es alguien disminuido (no sólo físicamente), lleno de dudas.
Y el malo, a pesar de ser un asesino cruel y despiadado, es una persona muy inteligente, con sensibilidad artística y dueño de una personalidad encantadora, con la que cautiva tanto a los bestiales miembros de su banda, como a sus enemigos.
Por supuesto, hubiera sido un riesgo muy grande encargarles estos personajes a cualquier actor, pero felizmente el casting trabajó bien, Russell Crowe está como pez en el agua en su rol del duro y sensible Ben Wade, y Bale, uno de los mejores actores de su generación, compone magníficamente a un Dan Evans que intenta actuar moralmente, pero que está lleno de dudas y decepción.
Junto a ellos un equipo de secundarios (entre los que destacan el veterano Peter Fonda en el rol de un viejo cazarecompensas y Ben Foster, como el sicópata lugarteniente de Wade), que no sólo no desentona, sino que aporta mucho de autenticidad al film.
Y ya que hablamos de autenticidad, no podemos dejar de mencionar los ingeniosos diálogos, que en muchas ocasiones funcionan como duelo sin armas entre los personajes. Son particularmente destacables los que sostienen Wade y Evans en la habitación del hotel, y el posterior entre el mismo Wade y el hijo de Evans.
La historia avanza sin trabas y no lleva al espectador por los archiconocidos caminos de siempre, sino que le depara sorpresas a cada tramo del camino, incluyendo el magnífico final, digno de los mejores westerns de todos los tiempos.
A pesar de que muchos ya le habían extendido su partida de defunción, con películas como ésta o El asesinato de Jesse James, el western demuestra que todavía tiene para rato, especialmente si se les encarga a directores como James Mangold, del cual esperamos ver aún mejores trabajos en el futuro próximo.

miércoles, 13 de febrero de 2008

El camino de San Diego


Para quienes hemos visto las dos anteriores películas del argentino Carlos Sorín, su última producción decepciona y plantea interrogantes con respecto al futuro de este buen director cuya filmografía va de más a menos.
Recuerdo con agrado Historias mínimas, su filme más laureado, una película con caractrísticas inusuales dentro de la cinematografía sudamericana por su estilo neorrealista: actores no profesionales, con una historia personal, un buen uso de la cámara en mano, sin grandes conflictos ni mucho menos intenciones comercialonas. Todo desarrollándose en la patagonia argentina, con su gente y su singular forma de hablar, un road movie atípico donde tres historias se desarrollan paralelamente, sin happy ends pero dejando al público satisfecho como pasó en el Festival de Lima de hace algunos años donde ganó el premio a Mejor Película.
El filme que le seguiría a Historias mínimas es Bombón, el perro, una nostálgica historia -también desarrollada en la patagonia- que es casi la prolongación de una de las historias de su anterior producción. Nuevamente el neorrealismo es evidente: su protagonista es un poblador de esa zona de la argentina, un inexperto de la actuación que le da un aire fresco y realista a este filme, gracias a la notoria improvisación de sus diálogos y de sus gestos en casi todo el filme. Con respecto a la estructura del guión de esta película nuevamente no hay conflictos y tras 20 minutos de metraje Sorín nos lleva de nuevo por las carreteras de la sierra argentina en un road movie muy simpático, singular pero sin el acabado ni mucho menos la identificación del público como si sucedió con Historias mínimas.
Después de unos años llegó El camino de San Diego, su esperada ultima producción, que personalmente defrauda. Veamos: el estilo es el mismo de sus anteriores películas, neorrealismo aparente porque en esta película interactúan peronajes de la realidad con actores lo que hace que el público sin ser muy entendido note las diferencias imensas de actuación y estilo al hablar en los personajes de la película.
Hablar de los personajes es justamente algo clave en los errores del filme. No sólo el mezclar personajes reales y actores es forzadísimo el problema de raíz está en la construcción de los mismos: personajes demasiado ingenuos, demasiado buenos (en la peli no hay argentino malo, todos son dadivosos... hasta la prostituta de ruta es buena gente), es decir, muy acartonados.
Sobre las motivaciones que inducen al personaje principal en el filme pues son clarísimas: él es un fan de maradona, diego enferma y Tati benítez (personaje principal) decide ir a buenos aires para entregarle una raíz que "se parece a maradona". Tati es un seguidor extremo de maradona y durante su trayecto intenta descubrir en la opinión de la gente algún misticismo o sentido a su viaje, explicación que no tiene resolución más que la de la necesidad de un pueblo por encontrar ídolos, gente en quien creer, en quien confiar y que de ese modo obtengan felicidad o algún "milagrito" como en la escena donde el bus donde sube tati se dirige a ver a la imagen del gauchito gil, ahí se aprecia el tema de la devoción y se realiza la primera metáfora de la imagen del diego maradona "santo", analogía que por cierto resulta risible cuando un grupo de manifestantes irrumpe su paro simplemente por la figura de diego maradona en pedazo de árbol... escena poco lograda por la facilidad de su resolución.
Pero no quiero ser malo con Sorín, los primeros 20 minutos de la película son buenísimos: testimonios my bien logrados de los pobladores, una imagen poco iluminada, una excelente cámara en mano, las imágenes insertadas y la voz en off nos muestran un clásico documental social o de lo contrario -para los más entendidos- un genial documental ficcionado... lástima que después todo se desdibuja, desaparecen los testimonios y el estilo visual es más común, más digerible para cualquier público y es que aunque al principio la peli parece una creación de autor tal parece que Sorín intento llegar al gran público, hacer una peli dento de todo comercial mucho más usando como móvil la figura de maradona y un seudo neorrealismo que se ha convertido en un tópico para este director que esperemos retome su estilo inicial, personal aquel que descubrimos en una gran obra como Historias mínimas.